• Santiago Samaniego

No ficción: Tieta, de puta a proxeneta

Actualizado: 17 de ene de 2019


Wesley señala al horizonte por la ventana desde la decimoquinta planta de un moderno edificio al noroeste de Londres, “Mira, en ese edificio de ahí tengo un apartamento con dos travestis. En ese a la derecha, el amarillo, tengo dos pisos, cada uno con tres travestis. Allí al lado tengo uno libre, pero creo que esta semana lo tendré ocupado con otro travesti. Más atrás, por allí, vive Victoria Beckham. Soy vecino de la Beckham. ¿Cómo te quedas? Mi jardín es más grande que el suyo.”


La piel de Wesley es de un llamativo moreno dorado, el color de sus ojos cambia dependiendo de la luz, va del verde a un marrón miel. Mide casi uno noventa y pesa ciento quince kilos, un cuerpo imponente que ha ido curtiendo desde que fue jugador de la selección nacional de volley ball de Brasil hasta las dobles sesiones diarias de gimnasio durante sus recientemente acabada etapa de chapero, o como él prefiere llamarlo: modelo internacional. “Yo he sido una top. Y solo las tops sabemos que hay que retirarse cuando estás en lo más alto. Ahora me he pasado al real estate y finalmente se me respeta”, apostilla haciendo referencia a sus más de treinta pisos de lujo que alquila por horas, días y semanas a prostitutas transexuales. “Son las más trabajadoras. Son como cajeras de supermercado pasando los productos por la cinta transportadora. Sus clientes se cruzan en los pasillos. Termina uno y entra el siguiente.”


Wesley se ha convertido en una Tieta de Agreste, la protagonista de su telenovela favorita de niño: la historia de una elegante dama que regresa exultante y adinerada a su pueblo natal en la región de Agreste, en el Brasil más empobrecido. Tras ciento noventa y seis episodios, los vecinos de Agreste descubren que la fortuna de Tieta, con la que ayuda al pueblo, viene de toda una vida dedicada a la prostitución; primero como meretriz y más tarde como Madame de un club de lujo en la gran ciudad.


Fue allí, en un pequeño pueblo de Brasil, donde Wesley se crió. Detrás de los vestuarios del polvoroso campo de futbol de su pueblo, descubrió el sexo. Los miembros del equipo de futbol juvenil tomaban turnos sodomizándole. Él tenía once años. “¿Te das cuenta que eso era abuso sexual infantil?” le pregunto. “¡Pero me gustaba!” contesta contrariado.

Al cumplir los diecinueve y tras sufrir una grave lesión que truncó su carrera como deportista profesional, Wesley quiso dejar atrás la pobreza y llegó a Europa en busca de mejor suerte. “En Brasil de puta no se gana nada. ¡Todos son putas! Demasiada competencia.” En su primera noche en Madrid, el amigo que le acogía le llevó al Black & White, un local en el barrio de Chueca que era un punto de encuentro entre hombres mayores y chaperos jovencitos. Al poco de entrar en el local, un hombre rechoncho se le acercó y le ofreció 500€ por irse a su casa y defecarle encima. “Ni me lo pesé dos veces. Nunca había visto tanto dinero junto. Por esa suma si es necesario me hubiera pasado toda la semana anterior sin cagar para complacer su fantasía a lo grande.” Poco después, volvería a ver el rostro de aquel hombre de gustos escatológicos pero por la televisión. Era un actor, presentador y cantante muy conocido en España.


Los siguientes años en Madrid serían intensos. Sabía que la prostitución acarreaba un gran estigma social y estaba decidido a dejar ese estilo de vida atrás. Hizo unos cursos en la Escuela Superior de Aeronáutica y obtuvo el título homologado de asistente de vuelo. Nada más aprobarse el matrimonio homosexual en España, Wesley se casó con uno de sus mejores amigos madrileños, consiguiendo así regularizar su residencia en el país. Poco después, su marido de conveniencia entró en prisión por tráfico de drogas y él comenzaría a trabajar como azafato de vuelo para Air Europa. Fue empujando el carrito de la comida pasillo arriba, pasillo abajo, atendiendo a los pasajeros de primera clase, cuando se dio cuenta que no quería pasarse la vida sirviendo, sino siendo servido.


Acudió a una entrevista de trabajo a la que un antiguo cliente le había recomendado. Un empresario millonario de la industria del entretenimiento buscaba a un asistente personal que además tuviera la particularidad de tener el título de asistente de vuelo para su jet privado. Wesley llevó su exultante sonrisa y don de gentes a aquella entrevista y salió de ella contratado. El brasileño nunca antes había oído el nombre de aquel empresario, pero cuando se lo mencionó a sus amigos españoles, descubrió que de nuevo había topado con una persona muy conocida en España: Jose Luis Moreno.


El chalé de Jose Luis Moreno estaba frecuentado por sus numerosos empleados, actores aspirantes a estrellas de la televisión y nutridos políticos. Corrían los tiempos de bonanza en la economía española y el famoso ventrílocuo era el productor de muchas series de ficción y programas de variedades para diferentes canales de televisión. Sin embargo, su gran negocio no era nada limpio y Wesley fue espectador en primera fila de ello. “Si Jose Luis producía una serie para una cadena autonómica, él justificaba, por ejemplo, un coste por episodio de 300.000€, cuando en realidad había constado 100.000€. La diferencia se la repartía él con los gobernantes de cada Comunidad Autónoma, sobretodo políticos del Partido Popular. Yo mismo preparaba muchas veces el dinero.” El método de pago consistía en vaciar cintas de VHS y meter grandes sumas de dinero en ellas.


Jose Luis Moreno se aseguraba siempre que nunca nadie viera la transacción, el momento en el que él entregaba cada cassette con dinero al político de turno, algo que salvaría al empresario de ser condenado judicialmente más adelante. Pero de lo que Wesley sí fue testigo era de cómo los políticos salían de la casa con los VHS bajo el brazo. Esperanza Aguirre, entonces presidenta de la Comunidad de Madrid, era uno de los políticos que frecuentaba el chalé en Boadilla. Ana Botellá también. “Los políticos de primera fila no cogían dinero en mano”, corrige Wesley “pero cuando venían yo mismo tenía que llamar con antelación al representante de Bulgary en España y éste se presentaba en el chalet con gran parte de su catálogo de alta joyería y relojes, de donde estos políticos escogían como si fuera un bufet. Jose Luis ha sido el mejor cliente de Bulgari en España durante muchos años”.


Wesley tampoco tardó mucho en descubrir por qué Jose Luis Moreno necesitaba realmente un asistente personal con licencia de asistente de vuelo. Moreno fletaba su recientemente comprado jet privado para viajar a menudo a Italia o Grecia, países donde había hecho también carrera en la televisión con sus espectáculos de variedades y donde seguía manteniendo contactos. Le interesaba tener un miembro de la tripulación de confianza que pasara sin apenas supervisión por las aduanas de los aeropuertos con una bolsa de mano con grandes cantidades de dinero en efectivo en el interior. Al menos un par de veces fueron en el jet a buscar a Silvio Berlusconi. Aterrizaban, Berlusconi se montaba en el avión, despegaban y sobrevolaban Suiza durante un rato –donde hacían la transacción de equipaje– y volvían a aterrizar en el aeropuerto de Milan o de Roma, donde se apeaba el máximo accionista de Mediaset, dueña de Telecinco, canal en el que Moreno producía varias series de éxito. “Era un hombre muy elegante que siempre te daba la mano o tenía un gesto amable con los miembros de la tripulación.”, recuerda Wesley de Berlusconi.

La madrugada del 19 de diciembre del 2007, augurando el inicio de la crisis económica y el comienzo de la caída del imperio Moreno, todo cambio. Unos minutos después de que Wesley terminara su maratoniana jornada laboral y dejara la casa de Jose Luis Moreno, seis encapuchados entraron armados en el chalet. El empresario fue apaleado muy violentamente tras negarse a abrir su caja fuerte.


No mucho después, Wesley abandonó el empleo, “Trabajar para Jose Luis era un infierno. Te chupa la vida”, confirma, “Había días que me pasaba trabajando veinte horas seguidas entre los estudios de grabación y su chalet. Dejé de socializarme. El estrés me hizo engordar veinte kilos. Después del atraco, José Luis se volvió aun más exigente.” “¿Te acostaste alguna vez con él?” no puedo evitar preguntarle dados sus antecedentes. “No,” contesta el brasileño, “a Jose Luis no le ponen los gays. Lo que le va es testar su poder hasta corromper a un hombre heterosexual y acostarse con él. Pregunta a Miguel Ángel Silvestre o a tantos otros cómo consiguieron sus papeles en televisión. O pregunta al chofer de Jose Luis que les conducía a todos de vuelta a sus casas a las cuatro de la madrugada tras pasar horas encerrados en su dormitorio.”

Los siguientes cuatro años fueron los más estables en la vida de Wesley. Empezó a trabajar como administrativo en una empresa que gestionaba hospitales y residencias privadas, volvió al gimnasio a ponerse en forma, recuperó una intensa vida social y adoptó un cachorro de Gran Danés a quien bautizó con el nombre de Zilda. En esta época le conocí yo. Siempre me pareció muy responsable, divertido y nada hipócrita. Sin embargo, tras un desencuentro con uno de sus superiores, dejó su último empleo. “Aguanto mierda un rato, no más. Luego les mando a la mierda a todos”, confiesa Wesley que llevaba ya un tiempo siendo acosado por investigadores de la policía que intentaban encausar a Jose Luis Moreno en el juicio por corrupción de Juame Matas, expresidente del gobierno balear y habitual huésped en el chalet del ventrílocuo. “Matas era uno más –continúa relatando Wesley–. Excepto el de Andalucía, todos los presidentes de Comunidad Autónoma que tenían televisión pública regional, tenían negocios con Jose Luis. Yo le dije todo lo que pude a la policía.” Moreno llegó a estar imputado por el caso Palma Arena pero su caso fue archivado en el 2011 por falta de indicios delictivos suficientes.


Tras una semana trabajando para la empresa de transportes MRW, Wesley volvió a dejar el trabajo y decidió volver a la prostitución. Se reunió con sus mejores amigos para comentarles su decisión. No todos lo comprendieron y algunos dejaron de hablarle: “No valgo para ser esclavo de alguien por una mierda de sueldo al mes. Me estoy haciendo mayor y mejor sacar provecho de este cuerpo antes de que empiece a convertirme en una pasa.” Prometió que recaudaría dinero durante una temporada ejerciendo de escort para luego abrir su propio negocio sin depender de nadie. Unos días después, y sin hablar una palabra de francés, se mudó a París. “En Europa solo se hace dinero en este negocio si estás en Londres o París, ciudades muy caras con mucho transito de negocios y viajeros. El resto de ciudades están copadas por panchitos que hacen de todo por 50€ la hora. Yo si soy puta, soy de lujo. No toco a nadie por 50€ ni con un palo”.


Como bien aprendió de Jose Luis Moreno, para ganar hay que invertir, por lo que alquiló un estudio de lujo en uno de los barrios más exclusivos de la capital francesa. Por allí pasaron todo tipo de clientes habituales: hombres casados, poderosos empresarios, parejas heterosexuales dispuestas a experimentar, un príncipe saudí, un jugador de fútbol de la primera división italiana, un viceprimer ministro británico, el secretario del Papa e incluso una de las más grandes estrellas de Hollywood, protagonista de su propia saga millonaria de superhéroes. A menudo, cuando ejercía de acompañante en viajes y safaris, exigía viajar en primera clase. Los más millonarios llegaron a flotar jets privados para él con destino alguna isla paradisíaca. Por su cuenta, también viajaba largas temporadas a Dubai o EE.UU. Allá donde ofrecieran más dinero, allá iba él con su metro noventa y más de cien kilos de musculosos encantos.


Sin embargo, el trabajo fue de nuevo afectando su resistencia. Al cobrar mucho, sus clientes exigían igualmente mucho, prácticas con las que él no se sentía cómodo. Pero su cuerpo era un juguete a disposición del mejor postor, así que accedía si el cliente aceptaba una tarifa aun más alta. “Hay gente podrida de dinero ahí fuera y todos se sienten un mierda y solos”, comenta el brasileño. Igualmente, el estigma que acarrea el oficio limitaba las nuevas amistades y relaciones que establecía, por lo que cada vez se socializaba menos y apenas salía de casa más que para hacer la compra e ir al gimnasio. “Solo hay una manera de tener pareja siendo puta: que tu pareja también sea puta. Pero puta con puta, taconazo. Tú puta, yo más.” comenta un Wesley amargo tras ser rechazado por alguien que le gustaba tras confesar su oficio.


Para conservar un mínimo de amor propio, Wesley comenzó a separar su cuerpo de su ser. Empezó a consumir drogas. Primero cuando salía de fiesta, luego a diario. En algunas de las video conferencias que mantenía con él, no paraba de meterse picos de ketamina mientras hablaba. Cuando regresaba a Madrid de visita, o cuando me encontraba con él en Berlín o en París, pude comprobar como la ansiedad le corroía por dentro. Siempre hablaba de proyectos de negocio para terminar con la prostitución. Quería abrir una tienda de nutrición, un gimnasio Crossfit o un estudio de fotografía, pero la realidad era que arriesgar en negocios que no conocía le daba miedo. Se había acostumbrado ya a un altísimo nivel de vida al que no estaba dispuesto a renunciar. De niño, en Brasil, siempre había soñado con esos lujos. Ahora disfrutaba de ellos aunque no todo fuera perfecto. “Yo lo que quiero es un sugar daddy, alguien que me cuide y pague mis caprichos.” comentaba de vez en cuando.


Tras pasar una larga temporada sin aceptar clientes, se mudó a Londres. El hecho que le tocara alguien le daba repulsión pero encontró la manera de seguir ejerciendo el oficio sin apenas tener contacto sexual con los clientes: las sesiones de sadomasoquismo. “No tengo sexo con ellos. Me dan tanto asco que es hasta un placer azotarlos, golpearlos, meterles dildos o bates de beisbol por el culo. Lo que buscan es que los maltraten y humillen. Eso se me da bien”. Como sus clientes suelen estar atados y llevan máscaras de cuero que les tapan los ojos durante las sesiones, Wesley aprovecha para mirar sus identidades en sus billeteras o les graba un video que luego me envía azotándoles o meándoles encima.

En Londres se muda a un gran penthouse donde construye una mazmorra aislada acústicamente para sus clientes y con todo tipo de equipamiento para las sesiones de S&M. Como el espacio es muy grande, alquila una planta a una prostituta travesti con quien comparte la mazmorra. Se queda impresionado al ver la cantidad de clientes que tiene y decide alquilar otra habitación a otra travesti. El trajín de clientes es tan continuo y ellas tan serias en el pago del alquiler que se le ocurre la idea de dejar de ser chapero para hacerse proxoneta.


Como le enseñó Jose Luis Moreno, “Si haces algo, hazlo a lo grande. Cuanto más inviertas, más ganarás y más te respetarán.” me comenta por video conferencia mientras señala desde la ventana todos los pisos que tiene alquilados en el mismo barrio de Victoria Beckham. “¿Tienes idea de volver a Brasil alguna vez?” le pregunto. “Solo de millonaria. Como Tieta”, contesta él.


Wesley en Lisboa en el 2012

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