• Santiago Samaniego

Ficción: La piscina

Actualizado: 13 de ene de 2019


Asier llegaba tarde al funeral. Aunque no había visto a Luciano en casi un año, sabía que aquel momento iba a llegar pronto. Le avergonzaba reconocerlo pero se sentía aliviado. La quimioterapia había hecho que su amigo se hinchara como un pez globo y perdiera todo el pelo. No era agradable verle así. La peluca que le había comprado su mujer no borraba la sombra de la muerte que se cernía en su mirada. Quizás por eso llevaba meses poniendo excusas para no ir a visitarle. Frente al espejo del recibidor, Asier se ajustó la corbata negra y comprobó que llevaba todo en su bandolera de piel: móvil, billetera, portátil, llaves de casa, toalla de microfibra, gafas de natación y bañador slip.


Decidió coger el tren de cercanías. Era el medio más rápido para llegar al cementerio. A pesar del funeral, aquel era un día importante para él. A lo largo de la mañana, anunciarían la resolución del concurso público al que el estudio de arquitectura en el que trabajaba se postulaba como favorito. Estaba expectante. Llevaba diez meses completamente entregado a ese proyecto y era optimista. Presentía que aquella iba a ser una jornada festiva en la oficina. Probablemente aquel proyecto marcaría su ascenso. El día anterior, había avisado a su jefe de que llegaría tarde por asistir a un velatorio. “Pero solo iré a la misa. Recuperaré luego las horas”, le aseguró.


Asier entró en la capilla que le habían indicado en la recepción del tanatorio. Ya había empezado la homilía pero estaba poco concurrida. Decidió permanecer de pie junto a la entrada. Miró por encima pero no reconoció a nadie solo por la nuca. El sacerdote hablaba del fallecido: “Buen marido, padre, fiel amigo y responsable. Su familia y compañeros dan fe de las abundantes bondades de nuestro querido hermano Mariano, a quien hoy despedimos y ya añoramos.” Por un momento, Asier pensó que se había confundido de capilla, pero al comprobar como los asistentes se miraban extrañados, concluyó que había sido un lapsus del sacerdote. Sin embargo, nadie le corrigió, así que se paso el resto de la misa llamando Mariano al difunto Luciano.


El móvil de Asier vibró. Era un mensaje de su mujer. “¿Qué te parece un Schnauzer? Son muy guapos y amigables con los niños. Y lo mejor de todo, los hay en tamaño mini.” Raquel acompañaba el mensaje con varias fotos de diversos ejemplares de perros bigotudos que seguramente había cogido de Internet. Sin sacar el teléfono de la bandolera, Asier contestó: “Mi tía tenían uno. Se comía sus propias cacas.” Unos segundos más tarde, su mujer volvió a contestar: “¿Y por qué no otro labrador?” Asier contuvo la respiración y golpeó el teclado con sus dedos: “¡Ya hablamos de eso anoche! Ningún que nos recuerde a Wesley.”


La noche anterior había sido muy dramática para toda la familia. Al volver a casa del trabajo, tras la hora que pasaba todas las tardes haciendo largos en la piscina del polideportivo, Asier había encontrado a su fiel amigo Wesley acurrucado en su camita sin moverse. Cuando fue a despertarle para darle su acostumbrado paseo, se dio cuenta que el cuerpo del can estaba tieso y frío. Probablemente llevaba varias horas muerto. Su mujer y las dos hijas no se habían dado cuenta en toda la tarde. Reunió a la esposa y a las dos niñas. Se lo comunicó delicadamente y rompieron a llorar. Las pequeñas, Andrea y Silvia, entraron en un estado inconsolable. Solo se calmaron cuando su padre finalmente les prometió que al día siguiente comprarían otro perro. Cuando por fin las niñas cayeron dormidas, Asier llevó el cuerpo de Wesley envuelto en una manta al veterinario de guardia. “Siento mucho la pérdida. ¿Quiere una incineración individual o colectiva?” Le dijo la veterinaria. Asier, al principio, no pudo contestar. “¿Qué cuesta?” titubeó. “Trescientos euros, la individual. La colectiva es gratis, lo hace el servicio municipal”. “La colectiva, –contestó tragando saliva y mirando el bulto envuelto en la manta–. ¿De qué ha podido ser?”. “No sé. Cualquier cosa.” confirmó la veterinaria sin echar un ojo al cuerpo sin vida.


“Podéis ir en paz –anunció el clérigo dando por acabada la misa–. Pero daros prisa, por favor. Hay otro funeral en un rato.” Sandrina, la viuda de Luciano, se levantó y abrazó el ataúd entre lágrimas y balbuceos ininteligibles. Tras calmarse un poco, fue recibiendo el último pésame de los presentes. Mientras Asier esperaba su turno, se quedó mirando a los dos hijos adolescentes de Luciano y Sandrina que permanecían aun sentados en un banco. Ninguno de los dos lloraba. Tan solo miraban al suelo. Cuando por fin Asier tuvo enfrente a la viuda, ésta calló en sus brazos y le empapó la solapa con sus mocos y lágrimas.

–Siento no poder quedarme para el entierro– dijo Asier.

–Te he echado de menos –dijo Sandrina limpiando con un pañuelo la americana de Asier.

–No te preocupes. No es nada –añadió Asier.

–¿Y Raquel?

–No ha podido venir. Está con las niñas.

Sandrina asintió con la cabeza y aspiró sus mocos. Puso su mano en la mejilla de Asier y le acarició la barba.

–Tengo ganas de verte –le susurró al oído.

Sandrina pasó a recibir el pésame del siguiente invitado. Asier no estaba seguro de lo que acababa de suceder. ¿Estaba Sandrina ligando con él mientras el cadáver de su marido estaba aun presente? Conforme caminaba de vuelta a la estación, intentó recordar los detalles del único escarceo que tuvo con ella. Fue hace años. Ambos habían bebido. Asier la llevó a un descampado en su coche. Recordó que tuvieron que follar en los asientos delanteros porque el de detrás tenía una silla portabebés. Seguramente fuera de Andrea, así que calculó que debió de ser hace cinco o seis años. Creía recordar que Sandrina era de garganta profunda, pues se zampaba su polla sin tener arcadas, pero no recordaba si llegó a tragarse su semen o lo escupió. Lo que estaba seguro es que nunca volvieron a repetirlo ni hablaron de ello después.


Asier estaba de vuelta en el tren cuando recibió otro mensaje en su móvil: “¿Y un pastor de los Pirineos?”. “Tiran mucho pelo”, contestó Asier. “Los hay de pelo corto”, respondió su mujer. De repente, el ferrocarril paro en seco. Asier tuvo que agarrarse a la barandilla para no caerse al suelo. El tren permaneció parado varios minutos. Nadie daba explicaciones por los altavoces. Empezó a ponerse nervioso. Iba a llegar demasiado tarde a la oficina. Esperaban la resolución del concurso en cualquier momento. Un rumor comenzó a llegar desde los pasajeros de delante. El tren había parado en seco porque alguien había caído a las vías. Asier miró por las ventanillas. No se veía nada del atropello pero acababan de pasar por debajo de un puente y la siguiente parada se veía claramente a lo lejos. Si abrían las puertas, llegarían fácilmente. Otro rumor llegó del vagón delantero. Ese alguien no se había caído, se había tirado desde lo alto. Los pasajeros empezaron a inquietarse. Finalmente, las puertas se abrieron. Asier fue el primero en salir. Caminó paralelo al tren. La policía había cercado varios vagones para impedir la mirada morbosa de los pasajeros, pero él no tenía tiempo de averiguar si aquello había sido un accidente o un suicidio. El móvil volvió a vibrar. Era un mensaje de su mujer: “¿Y un perro de aguas? No sueltan pelo.” Raquel acompañaba el mensaje con varias fotos de perros de ojos expresivos y con el pelo rizado. Él no contestó. Cuando llegó, se aupó en el andén y fue hacia la calle a coger un taxi.


Pidió al taxista que tomara la carretera de circunvalación. El recorrido era más largo pero evitarían semáforos. El tráfico era fluido en los cinco carriles dirección sur, hasta que poco antes de tomar la salida deseada, el taxi se paró en mitad de un denso tráfico. Ninguno de los carriles mostraba movimiento.

–No ha sido una buena idea venir por aquí –comentó innecesariamente el taxista.

Eran las doce del mediodía, en la radio empezaban a dar las noticias: “Dieciséis inmigrantes han muerto ahogados cerca de Melilla esta mañana. Un buque de pasajeros español dio la voz de alarma tras divisar a un grupo de personas agitar los brazos al aire desde una patera. Los inmigrantes se lanzaron al mar. Sin embargo, al ser aguas Marroquíes, el buque español no pudo rescatarlos y las patrulleras del país africano llegaron demasiado tarde. Patrullas españolas y de Marruecos rastrean en estos momentos la zona del naufragio en busca de más cuerpos.”

–¡Qué calor hace! –dijo el taxista–. ¡Y decían que hoy iba a llover!

Los coches empezaron a pitar. El trafico seguía completamente atascado. El sonido de una ambulancia se abría paso por detrás.

–Es un accidente –dijo el taxista.

Los coches se fueron moviendo para hacer hueco a la ambulancia. El taxi hizo lo mismo, y cuando pasó, el taxista se coló detrás de la ambulancia mientras los demás coches les pitaban de manera efusiva. Un poco más adelante, pasaron al lado del choque. Un monovolumen familiar había impactado contra la mediana. Una motocicleta había chocado contra la carrocería del coche y el cuerpo del motociclista había volado hasta yacer inerte varios metros más adelante. El móvil de Asier vibró una vez más. Esta vez era un e-mail. El remitente era un compañero de su oficina. El mensaje era un reenvío de la notificación sobre la resolución del concurso. El proyecto ganador había sido el de un estudio de la competencia.


Asier pidió al taxista que le dejara en un semáforo a varias calles de distancia de la oficina. El mundo a su al rededor seguía su ritmo frenético pero él ya no tenía prisa. Avanzaba como un salmón, a contracorriente por la acera abarrotada de hombres encorbatados y mujeres en faldas de tubo. Cuando llegó a la oficina, ninguno de los compañeros levantó la mirada, excepto su compañera, Mar, que le esperaba apoyada en su mesa con una caja de cartón llena de objetos personales.

–Solo faltabas tú –dijo Mar.

–No me lo puedo creer –contestó Asier.

–No hay nadie indispensable. Ya sabes.

–Todavía eres muy joven –dijo Asier–. Seguro que te sale algo.

Mar afirmó con la cabeza. Luego clavó sus ojos en el suelo y una lágrima cayó por su mejilla. Asier la abrazó. Esta vez, el único susurro que rozó su oído fue el lloro ahogado de Mar contra su solapa, que quedó de nuevo empapada. Los compañeros seguían en silencio, sin levantar la mirada de la pantalla de sus ordenadores. Parecían temblar.

Asier fue incapaz de concentrarse durante el resto de la jornada. Permaneció la mayor parte de tiempo con sus dígitos sobre el teclado sin presionar una techa. Diez minutos antes de la hora de salida, uno de sus jefes reclamó su presencia.

–Me temo que hemos de dejarte ir –dijo su jefe–. Esto no es fácil para nosotros pero seguro que lo comprendes.

Asier clavó su mirada en el suelo.


Deambuló por la calle. Ya era de noche y cargaba con una caja de cartón con sus objetos personales. Mientras paseaba se acordaba del calvo e hinchado Luciano, del cuerpo desmembrado bajo los vagones del tren, de los cadáveres flotando en el Mediterráneo, del motorista volando por los aires y de Mar, su compañera, a quien seguramente no volvería a ver. Se sentó en una terraza pero no pidió nada. Estaba frente al polideportivo. Allí debería de estar nadando en esos momentos si ese hubiera sido un día normal. Sacó el contenido de la caja y lo fue colocando sobre la mesa: dos marcos de fotos, uno con un retrato de su mujer e hijas sonrientes de vacaciones en la playa, otro con una foto de su perro Wesley en el pantano, una agenda de cuero con todos sus contactos profesionales y una grapadora que había decidido robar en el último momento. Dejó los objetos sobre la mesa y cruzó la pasarela sobre las vías de tren. Miro abajo. Estaba muy alto.


Antes de abrir la puerta de su casa, escucho un gran alboroto, como si sus hijas estuvieran abriendo los regalos de Navidad. Pasó dentro. Andrea y Silvia retozaban de júbilo acariciando y achuchando a un cachorrillo de pelo rizado.

–No me pude resistir –le dijo su mujer exultante–. Habrá que bautizarlo, ¿no?

–¡Wesley! –dijeron al unísono las niñas.

Asier observó la estampa por unos instantes: las tres jubilosas, como en la foto en la paya.

–Que sea Wesley –confirmó el padre.

Las niñas saltaron de alegría.

–¿Qué tal la piscina? –preguntó la mujer.

Asier se quedó en blanco por unos instantes.

–Refrescante –contestó.


Su mujer dormía plácidamente a su lado, pero él no paraba de dar vueltas en la cama. ¿Cómo iba a decir a su familia que había perdido el empleo después de nueve años de tantos esfuerzos? A lo mejor lo más sensato era salir a trabajar el día siguiente, como un día cualquiera, y seguir así, sin decir nada, hasta que encontrara un trabajo nuevo. Se acordó de Jean-Claude Romand, un padre de familia francés que salió todos los días a trabajar durante dieciocho años, haciendo creer a su familia que era médico, cuando en realidad se pasaba los días en un solitario parking. Antes de que su familia descubriera la verdad, asesinó a su mujer, a sus dos hijos, e incluso al perro. Le entraron náuseas y se levantó de la cama con sigilo. Según caminaba por el pasillo, podía oír los débiles gemidos del nuevo Wesley. Estaba hecho un ovillo en un lado de la inmensa cama del anterior Wesley. Asier se agachó y lo reconfortó con caricias.

–¿Hechas de menos a mamá? –dijo Asier como si hablara a un bebé.

La bolita peluda recibió los cariños con éxtasis.

–¿Quieres un hueso? –dijo Asier acercando al hocico del cachorro un hueso de cuero de buey prensado que el viejo Wesley había babeado y medio despellejado.

El pequeño mordió el hueso con deleite.

–Disfruta, pequeño. Ya verás que el hueso más duro que vas a morder jamás será saber que la vida sigue como si nada después de tu muerte.

Asier abrió la ventana del salón. Dejó sus zapatillas perfectamente alineadas enfrente del radiador, desde donde se impulsó para luego subir al marco de la ventana. Acababa de llover. Fijó su mirada en el suelo. La acera centelleaba reflejando la luz de las farolas. Era un segundo piso. Si saltaba al vacío, seguramente solo se partiría las piernas o se quedaría tetrapléjico. Por eso, dobló ligeramente las rodillas, inclinó el torso, lleno los pulmones de aire y se tiró de cabeza, como en la piscina.




45 vistas