• Santiago Samaniego

Autoficción: El tercer acto


Mi escena porno favorita de la semana involucra a una cheerleader adolescente montándoselo con su padrastro sobre la encimera de la cocina mientras su madre se ducha en el piso de arriba. Contemplo el video en el ordenador cuando recibo una llamada anónima en el móvil. Una voz femenina intenta venderme un seguro de vida. Miento diciéndole que ya tengo uno que también condona la hipoteca en caso de fallecimiento prematuro. Entonces intenta venderme un seguro de viaje. “Repatriaríamos el cadáver desde cualquier parte del mundo por solo cinco euro al mes” detalla la señora. Continúo escuchando los detalles de la propuesta mientras el padrastro le come el coño a la animadora como si fuera un oso hormiguero. “Es una oferta limitada”, dice la comercial de El Corte Inglés. “No tengo planeado viajar a ninguna parte”, contesto. “¿Quiere que le envíe los detalles de la propuesta por guasap para valorarla tranquilamente en su casa? La vida es frágil. Nunca se sabe. Es importante dejárselo fácil a quienes nos suceden”.


La adolescente en la pantalla se aprieta los pechos. Su cuerpo sufre varios espasmos. “I’m coming, I’m coming”, chilla como un cerdo en el matadero. Tras llegar al orgasmo, su cuerpo contorsionado se deshincha como una colchoneta hasta quedarse inerte. El padrastro apura el último jugo como si rebañara el plato del postre. Parece que ha aspirado el alma de la joven a través de su vulva. Luego se limpia el morro con el antebrazo a modo vikingo. El video termina en ese mismo instante, tras el clímax, sin tercer acto que sirva de desenlace, relaje la tensión y cree significado. Por mi cuenta, intento completar la historia en mi mente a la misma velocidad frenética que agito mi mano: me imagino a la madre apresurándose escaleras abajo en auxilio tras oír los gritos. Ella se espera una escena dantesca, con vísceras esparcidas por las paredes, pero lo que encuentra es una estampa familiar incestuosa. Y es ahí, imaginándome la cara de shock de la madre bajo el marco de la puerta de la cocina, cuando encuentro mi clímax y eyaculo.


Entonces se hace el silencio. Entro en trance. Siento el limbo bajo mis pies. Floto boca abajo en una piscina con dos disparos en la espalda y uno en el estómago, como el guionista de Sunset Boulevard. “¿Está usted ahí?” dice la señora al otro lado del auricular, “¿Quiere que le envíe la propuesta por guasap?” Por un momento sigo con la conciencia ausente. Esto debe de ser la petit mort, el desfallecimiento posorgásmico, la fuerza de vida que se escapa por la uretra a modo de explosión licuosa. Veo a la muerte de lejos saludándome con la mano. “Tiene cuatro opciones de capital por fallecimiento por accidente que van de cuarenta mil euros a ciento veinte mil”, continúa la comercial de El Corte Inglés. Mientras escucho como los capitales y primas del seguro de vida –bien podía llamarse de muerte– se revalorizan un cinco por ciento anual, mi alma vuelve lentamente a mi cuerpo tras contemplar la reproducción de El Grito de Edward Munch que cuelga en la pared sobre el ordenador. “¿Qué le parece?” pregunta la mujer al otro lado del teléfono. “Lo que hay ahí pintado no es un grito sino un paroxismo orgásmico. La angustia que lo causa es la misma.”, contesto. “¿Cómo?” replica la comercial. “Envíeme la propuesta por guasap, por favor. Puede que haga un viaje en algún momento”, contesto.


Cuelgo el teléfono. Contemplo cómo el semen se seca poco a poco en el dorso de mi mano. Trescientos millones de espermatozoides mueren lentamente fosilizados sobre mi fascia. Un genocidio ante mis ojos y no me inmuto. ¿Cómo sobreviviría al abismo diario sin este pequeño contacto con la muerte que me recuerda que estoy vivo?


El olor dulzón que desprende el holocausto ordinario que acaba de acaecer hace que me acuerde de aquellas películas porno en VHS que grababa del Canal+ y luego alquilaba a compañeros en el colegio. Todas esos largometrajes eran una concatenación de escenas de encuentros sexuales. Los elementos narrativos que enlazaban esos gags era anecdóticos, convencionalismos estereotipados que no suscitaban interés alguno en los personajes o en el público, y probablemente tampoco en los actores ni el director. El fontanero iba de piso en piso desatascando cañerías. En los pasillos quizás se cruzaba con el butanero, y tras las puertas de los apartamentos, entablaba una relación con amas de casa solitarias; actos sexuales grotescos puestos en paréntesis por leves intercambios dialogados. “Vengo a desatascarle la tubería, señora”, “Ay que bien, justo lo que necesitaba. Pero me pilla sin el monedero a mano, ¿cómo se lo pago, caballero?”


Algunos de esos largometrajes tenían al final un pequeño desenlace al argumento para que los personajes y el público recuperaran al menos un poco la dignidad en la representación. Dignidad. ¿Dónde está la mía en estos momentos frente al ordenador alcanzado el rollo de papel higiénico? Con Internet ese minúsculo vestigio de dignidad narrativa en el porno ha desaparecido. El largometraje pornográfico ha adelgazado hasta convertirse en escenas de unos quince minutos sin nexo de conexión argumental y de consumo independiente. Muestran una absoluta desorientación y dislocación física. Estos términos se ajustan bien a la definición de abstracción en el arte. Sin embargo, la carencia de sentido metafórico impide al porno tener una lectura artística. El porno estimula, animaliza, mata. El arte pospone el gozo, humaniza, pervive.


Pienso en la historia de la cheerleader, la madre y el padrastro. Solo su historia puede aportar dignidad a mi patetismo. Necesito un sentido para no hundirme y seguir hacia delante. Hay que contar el tercer acto de esa historia, descubrir el significado del rostro de shock de la madre bajo el marco de la puerta de la cocina. Es necesario dar un sentido a mi clímax. Me pongo a escribir para calmar mi angustia:


ESCENA 1. INTERIOR. BAÑO – DÍA. Fundido desde negro.


Sin embargo, me paro de repente. No puedo continuar. ¿Será la ansiedad ante el folio en blanco? Borro lo que he escrito. “Es una historia que he visto antes,” exclamo. Mia Farrow encuentra en casa de su pareja Woody Allen unas polaroids de su hija adoptiva Soon–Yi desnuda. Una historia que tiene veinticinco años pero sigue dando juego. “Ninguna relato que me invente puede superar la realidad”, me digo. Crear ficción es inútil. Mejor me doy por vencido.


Entonces suena mi móvil. Me ha llegado un mensaje al guasap. “Buenas tardes. Soy Ana María Díaz de Seguros El Corte Inglés”. Contemplo el móvil vibrar varias veces en mi mano con restos de esperma. Llegan varios mensajes seguidos con detalles sobre la póliza de seguros. Me anuncian la certeza de la muerte. El abismo bajo mis pies. “A la realidad, como al porno, le falta siempre un tercer acto”, me digo. “Un significado que de sentido a la existencia y perviva en el tiempo”. Dejo el móvil vibrando al lado del teclado y comienzo a escribir:


ESCENA 1. INT. BAÑO – DÍA. Una madre bajo la ducha se enjabona el cuerpo desnudo. Un grito estremecedor que viene del piso de abajo la alerta.


Mientras escribo me acuerdo de Woody Allen. Con ochenta y dos años es uno de los grandes contadores de historias del mundo del cine. Solo la Historia escribirá el tercer acto de su vida pero, hasta entonces, él lleva a sus espaldas cincuenta y dos películas que ya le han hecho inmortal.


Continúo escribiendo la historia. Tengo que llegar al tercer acto.




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